Recuerdo que tenía un sueño…
lo alimentaba el campo, el sonido de los árboles, el canto de los pájaros, los
gritos de mamá y los regaños de mis abuelos maternos. Recuerdo que en
vacaciones de la escuela, mamá preparaba el desayuno para salir muy temprano a
cosechar, y consigo, como arriando ganado, nos llevaba a la finca. No era
nuestra finca. Éramos peones.
Me acuerdo de alguien, tal
vez tenía menos de cuatro años. Sirley, mi mamá, otros peones y yo, estábamos
sentados en una mesa larga de madera. Era un tablón. Mientras cenábamos, a las
cinco, Sirley y yo moríamos de risa. No se por qué, pero el recuerdo me muestra
lo feliz que fui. Solo en la finca, en el quehacer de mamá, no había nada
prohibido. Podía reír mientras comía, jugar como loco, correr, ser un gran
ingeniero y construir la casa y el lugar de mis sueños. Me convertía en un gran
explorador, me creía un aviador, un jinete, un corredor de autos, un ensoñador
incontrolable.
Odiaba los festivos. Los
odié hasta el colegio. Ahora los añoro y deseo que el lugar en el que pasé cada
lunes no corriente, vuelva a ser el mismo. Anhelo escuchar la invitación de
mamá para salir corriendo a abrazarla y decirle que no tiene necesidad de
manifestármelo. Pretendo acompañar cada paso suyo, ver como envejece y como el
tiempo también actúa sobre mi cuerpo, mientras que el espejo sea nuestra más
fiel realidad. Mientras que el olor a café tostado aromatice la casa y el
camino que conduce hacia ella. Como si supiera que algún día, en medio de la
estúpida vida pos-moderna, “las migas de pan” podrán ser comidas por las aves
hambrientas.
Recuerdo que en medio de
una cosecha de café, en la finca de mis abuelos surgió un comentario después de
una larga charla mañanera, mientras el frío caía con cada gota de agua, como si
tirará con el las palabras. Dijeron que tendría dotes para ser abogado, pero dudándolo,
porque pensaron que jamás podría ir a la universidad, como lo creyeron luego mis
compañeros de colegio. Entre tanto, mi cabeza maquinaba cada paso que seguiría
después del grado, igual que ahora, cuando han pasado tantos años.
Hoy quiero pensar en el
pasado, recordar cada detalle que viví con mis hermanos, cómo fue mi relación
con mis abuelos, cómo peleábamos con mis primos, revivir el regaño de mis tíos
y construir con cada aventura el paisaje que se ha ido trastocando. Exigirle a
Dios que me devuelva la presencia de la abuela, porque temo que no seré capaz
de llegar a la casa, y que como un esquizofrénico me lance a abrazarla, para
hacerle reír a carcajadas, para tirar de sus arrugas, para enredar mis dedos en
sus cabellos, para besarla y para sentarnos a compartir el paisaje que ofrece
su banca favorita. Llamar a gritos a mamá y al resto, para que como un átomo o
célula, nos agrupemos en la casa de los viejos como cuando ellos eran niños.
Para no ser padres, hijos, nietos, primos, sobrinos o tíos, sino para ser los
mejores amigos y soltarnos en confianza hasta que desaparezcan los secretos.
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